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jueves, 1 de septiembre de 2016

¿Qué hay detrás de la ventana?


El otro día me encontré con Arturo Belano. Recorría una calle caliente del sur de la ciudad. De hecho, no se trataba de una calle; era, mejor, una porción de tierra que quería ser calle o que se había proyectado como calle, o que había sido calle, pero la extensión agreste de más allá la había convertido en una suerte de simulación de cualquier cosa. ¿Qué cosa? El mundo.

Belano se veía enfermo. Se veía delgado, amarillo y despeinado. Tenía las manos blancas. No digamos limpias, no, blancas como si acabaran de amasar pan, como si acabara de meter sus manos en un saco de harina. No pude arriesgar más conjeturas porque Belano me pidió que lo siguiera. Se dio media vuelta y encendió un cigarro, lo recortaba la luz rabiosa de un día que se negaba a someterse en la distancia tras unas montañas que parecían no siempre haber estado ahí.
Al principio no lo seguí. ¿Por qué iba a hacerlo? Cierto que Belano posaba de bacán y todo, pero no nos conocíamos muy bien, además, lo de sus manos me había inquietado; mis ojos se habían tropezado con unos guantes quirúrgicos cerca de donde él había estado de pie. Si cabe anotarlo y no resulta del todo exagerado, aquello me puso la piel de gallina. Después decidí seguirlo porque me había retado. Me había dicho que Bogotá no era mejor que el D.F., que, de hecho, era bien parecida a Villaviciosa, a Brownsville, a Blackcreek, que, mejor aún, Bogotá parecía haber sido la materialización de los planos soñados de Estridentópolis, que no le viniera con cabronadas de quedarme mirándolo alejarse en el crepúsculo, que me olvidara de que su cabello lo iba a desordenar el infausto viento de las orillas de esta ciudad infame a la que Le Corbusier había condenado a patear su miserable destino.

Aquello me pareció razonable, así que lo seguí. Sí, lo seguí por el abismo que es el erial en que termina la city, pero, luego, Belano se internó por una calle estrecha en la que parecía nacer y morir a iguales proporciones el ruido del descampado y del barrio en que se había convertido, de pronto, nuestro paseo.

Por decir cualquier cosa, le pregunté si recordaba qué cosas había discutido con Cesárea Tinarejo la noche antes de su muerte. Belano me miró con una expresión de por qué eres tan imbécil, Segrov, mira que andar preguntando por la poesía es una total imprudencia, que eso era como lanzarse a una jaula de leones famélicos o, peor, es como comprarse un paquete de maíz pira y sentarse, con gafas oscuras, a ver cómo el sol se devora todo, despacio, implacable. Me quedé callado, por supuesto.

Caminamos por espacio de una hora, nos movíamos por calles imposibles, calles de un solo andén, calles que eran como corredores en las que los perros no entraban por miedo a las ratas. Al fondo de una de esas calles había un muro, y en ese muro, que no estaba terminado y que se veía que daba a la nada, había una ventana. Belano me preguntó “¿Qué hay detrás de la ventana?”, yo me quedé callado. Belano supo que yo no iba a decir nada, que no iba a intentar una respuesta desesperada. Entonces me abrazó y sonrió, y me ofreció un cigarro. Y volvimos por donde habíamos venido.      
*Las imágenes incluidas en este texto provienen de @oldpicsarchive, de @BookImages y de @kulturtava .

lunes, 6 de junio de 2016

Escucho en mi sueño caer el árbol de tu voz

De Sin razón florecer, 2001 - Horacio Benavidez

Horacio Benavidez está muerto. No estoy seguro de ello. Pero me lo parece mucho. Su poesía me llega como un latido o una voz, o el lloro de un niño que se remueve bajo tierra. Es horrible. Cuando abro uno de sus libros, es como si la tierra bajo mis pies se reblandeciera y su música secreta, esa que se cifra en sus versos, empezara a emanar y a envenenarme. Es por eso que decidí que siempre que lo leyera, lo haría a unos ocho o diez pisos sobre el nivel del suelo. Pero entonces siento que el terreno bajo el edificio se hace cenagoso y comienzo a hundirme sin remedio, mientras Benavidez me recita una poesía despacito.

Benavidez ha escrito:

Baja el niño
la escala
leve como su sombra

también: 

Tarde sabrás
que eran imprescindibles
la silla la mesa tu perro
la flor que no veías

Con ello sabe muy bien a qué se refiere o, mejor dicho, no sabe. No sabe nada de nada. Yo creo que Horacio Benavidez no es consciente de lo que le pasa. De verdad que el hombre ignora que murió el otro día; que el otro día se levantó y dejó el cuerpo ahí atrás, reposando en la cama, como dormido. Sólo que habla con su muerte mientras duerme. Relata los andares de su espectro. Se ha levantado y ahora habita el envés de la vida. Se pasea por la zona crepuscular del mundo. Desde allá se trae esos poemas de contrabando que no son otra cosa que el negativo del tiempo y del clima. Que son noche y árbol, y distancias abordadas por el ladrido lejano y constante de los perros de la sierra y de las encrucijadas.



Son perros que se han perdido. Que también, yo creo, se han muerto sin saber y le adornan la permanencia a Benavidez. Como Horacio es un aparecido, es el mejor poeta de Colombia. Cierto que aún tenemos a Juan Manuel Roca (“Días como agujas” de Luna de ciegos, 1991) y a otro par de criminales infaustos de esa especie. Pero Benavidez es el mejor. Cuando pongo aquí que es el mejor, lo afirmo con ese ánimo destructivo de quien quiere que la poesía le haga una zanja a la insoportable calumnia de las horas, de quien quiere que por ahí se cuele la poesía como una serpiente coral, como una mamba negra, y todo lo envenene y lo licúe con su ponzoña.



Por eso Benavidez es el mejor. Porque nos abre un  hueco en las manos cada que nos aproximamos a él; porque no nos deja dormir con su gemido de ultratumba. Porque no duda en echarse al suelo junto al cadáver en que nos hemos ido convirtiendo, mientras nos deja caer encima lo siguiente:

— ¿Cierto que las que zumban son las abejas en torno a los caballos que comen caña?
—Sí hijo, son las abejas
— ¿Cierto que uno es el caballo negro y la otra la potranca alazana?
—Así es, el uno es el caballo de paso de tu padre y la otra la potranca alazana de tu abuelo
— ¿Cierto que es una mañana de sol y los caballos cabecean mientras comen?
—Bien dices, hijo, los caballos están adormilados y cabecean por la resolana 
(Cómo decirle que no se ve nada
y que las que zumban son las moscas
sobre nuestros cuerpos insepultos)
    

Con una canción de cuna de esas, ¿quién no se va a dormir tranquilo?

Roberto Segrov

27 de Mayo 2016
*Las imágenes incluidas en este texto provienen de @oldpicsarchive , de @BookImages y de @kulturtava .



jueves, 2 de junio de 2016

Un detective perdido en Latinoamérica

Sólo Roberto Bolaño se puede encargar de escribir una novela de búsquedas imposibles y personajes salidos de un capítulo de Perry Mason o de un comic de Fantomas, es decir, personajes como salidos de una tormenta de granizo, que ha sido sacados de una tormenta de granizo justo en el momento en que iban a estrellar sus automóviles contra una cerca o una piedra, o un muerto viviente en una carretera lejana de la Patagonia, o sea, una carretera como sacada de una novela de Cormac McCarthy; son personajes que se sientan todavía temblando y miran por la ventana, o no miran nada porque en una tormenta de granizo no se ve nada, pero hacen que miran por la ventana y tiemblan. Las búsquedas de estos personajes son imposibles y se reducen a pasillos que terminan en puertas clausuradas. El pasillo es Chile, que es decir Latinoamérica y América Central. Es decir, el mundo. El pasillo es oscuro y está adornado con fotografías de poetas anónimos. No hay ni una sola foto de Neruda o de Enrique Lihn, o de Gabriela Mistral, o de Nicanor Parra (principalmente porque a Parra no lo capta el espectro de luz que a los demás hombres empequeñece); hay muchas fotos de poetas y de malabaristas, y de niños perdidos, de perros perdidos, de mujeres muertas y de aviones de la segunda guerra mundial (porque esa fue también nuestra guerra) y al final hay una puerta. Siempre hay una puerta al final de las novelas de Bolaño. No hay ventanas o jardines o ventanas francesas que den a jardines o paredes desnudas. No, hay puertas y esas puertas están siempre cerradas al mejor estilo lovecraftiano. Porque esas puertas no están cerradas con llave o clausuradas por el tiempo, están cerradas sin pasador, pero nunca se puede entrar porque al otro lado sólo hay fantasmas o una habitación vacía, o una habitación con una cama y un televisor. En la cama hay un asesino que mira una película porno, pero el asesino no se masturba porque está más pendiente de la puerta que de la película, no porque se trate de una mala película (¿qué película pornográfica es tan estulta que no se la pueda ver? Quiero decir, ¿que no se la pueda ver sin estar sólo a la espera de los créditos?).



Las novelas de Bolaño son eso. Son una pesadilla. Una pesadilla deliciosa en la que nos encontramos un día mientras vamos al trabajo o caminamos por la calle o estamos en un ascensor con gente de pesadilla que se dirige a sus oficinas de pesadilla en algún barrio del infierno, que es donde normalmente uno se encuentra cuando abre una novela de Bolaño y se aplica a su lectura. Mientras leemos habremos de transitar por corredores y parques desolados, tomaremos café en leche con extraños a los que querremos seguir a donde sea, incluso si eso significa que terminemos en una bolsa de basura en algún basurero de México D.F., de Santiago de Chile, o de Bogotá; o querremos que esos extraños nos lleven a sus hoteles y nos violen y luego nos dejen allí palpitando fascinados.



Llegados al final de la lectura, encontraremos la puerta. Ésta será una puerta convencional que no podremos tocar porque la lectura se interrumpirá de manera brutal, porque Bolaño nos ha mostrado el horror con sorna, piedad y amor, pero no es tan infame como para escupirnos a la cara.
Roberto Segrov
Bogotá lunes 28 de marzo 2016

*Las imágenes incluidas en este texto provienen de @oldpicsarchive , de @BookImages y de @kulturtava .




lunes, 16 de mayo de 2016

La literatura del trauma



A Stefan Zweig no le gusta insultar a la gente. Es decir, no le interesa lanzarle miradas despreciativas a sus lectores. No al estilo Bolaño o Nooteboom. Cierto es que Zweig, como en un sueño (uno de esos sueños que ocurren poco antes de despertar, cuando el cuerpo quiere cambiar de posición pero no lo hace porque sabe que el sueño se derrumba y las células de ese mundo frágil y profundo y poderoso, y desmesurado como un abismo pintado bajo nuestras camas o bajo nuestras sábanas o, mejor, bajo nuestra respiración, esas células explotan y los muros del día –o de la noche- se nos vienen encima y nos aplastan la mirada); cierto es, decía, que Zweig elige (como en un sueño o el naufragio de un sueño) el camino del exilio, puesto que se ha cansado de la especie humana. No obstante, no tiene el temperamento del chacal letrado, no se le ocurre, porque es un hombre decente (demasiado decente en ocasiones, pero brillante siempre), abofetearnos con su tortuosa ilustración. Habría que tomar por ejemplo, por decir, Novela de ajedrez o Die Schachnovelle (1941) que es su título en alemán, y entender que pudiendo satisfacer el hambre intelectual, Zweig pudo diseñar un artefacto, una máquina, un aparato explosivo que nos quemara las pestañas y nos dejara cansados. Pero no, el bueno de Stefan no escribe un tratado ajedrecístico. Pudo hacerlo, de hecho debió ser un jugador virtuoso, un depredador ludópata del ajedrez y de su hermana bastarda, las Damas, y, ¿por qué no? Del Go; el hermano monje, el shaolin de los juegos de mesa. Zweig hace, sin embargo, como que conoce las reglas básicas del juego y no se detiene en minuciosidades que nos llenen los ojos de lágrimas. A Zweig lo que le interesa es la excusa. Zweig es un escritor lleno de excusas, que se disculpa por su elegancia y le prende fuego a los relatos de la historia para hacerlos arder ante nuestros rostros espantados.

Su tema siempre fue el desatino, el absurdo, la neurosis, es decir, su tema fue la obsesión. Una obsesión que llena a sus personajes de motivos para seguir, de motivos para extinguirse en la locura (o para erigirse como colosos sobre las cenizas pisoteadas de la locura). La transitoriedad de un viaje en barco, en un no espacio como lo es el océano; la acción minimalista de unos personajes que son pinceladas gruesas de unos caracteres caníbales; un inútil juego de mesa; la memoria como lecho del encierro y del horror; el vaciamiento de la razón; la acción y el congelamiento son las armas de las que Zweig se vale para simular y disimular, y revelar a la vez una verdad incandescente y brutal como la poesía con que escribió la época en que el desatino político y mitológico de un pueblo condenó al fracaso al género humano.


No, Zweig no es de los que insulta a la gente, sólo nos mira, cierto que con una sonrisa ambivalente, cierto que con una sonrisa que no sabemos si vemos, que no sabemos si pertenece a este mundo, pero es sólo eso, una sonrisa. Una sonrisa como la mirada de Nooteboom, es cierto, porque Zweig y Cess Nooteboom son como Hansel y Gretel pero ¿quién es Hansel y quién Gretel? Zweig sonríe como sonríe, Cess nos mira como habiendo cometido una travesura horrorosa, y ambos se componen del mismo material, hay que decirlo; ambos están aplastados bajo la impedimenta de la misma crisis. Una crisis que está cifrada en una cicatriz que se hunde bajo los avergonzados pies de Europa, y que le han regalado en tributo a la aburrida acumulación de las acciones humanas. Lo demás, es historia. 




*Las imágenes incluidas en este texto provienen de @oldpicsarchive , de @BookImages y de @kulturtava

Roberto Segrov
Bogotá 17 de abril de 2016

lunes, 9 de mayo de 2016

Con los dientes ver el mundo arder

El otro día, la nobel de literatura bielorrusa Svetlana Alexievich estuvo en Colombia. Pero Alexievich, más que una nobel de literatura, parece una tía. Entró con un sastre café y un bolso bien agarrado al costado izquierdo y se sentó frente a cuatrocientas personas con una sonrisa breve. Svetlana es como una tía humilde y tímida, y como toda tía que valga la pena tiene historias para contar. El asunto es que las historias de Svetlana sólo las puede contar una tía que se ha ganado el premio nobel de literatura o el de paz. O sea, historias que sólo una tía que soporta palizas de su esposo o que ha trabajado en algún lupanar de algún barrio infame en alguna ciudad olvidada de África, América Latina o de Europa del este, o que ha hecho las veces de enfermera en la guerra, que no termina, es decir, historias que sólo una tía que ha visto lo imposible o lo que creemos imposible podría contar.   




Con una voz cálida y experimentada, Alexievich fue tomándonos de la mano y con ternura nos hizo tocar el horror. Nos hizo comprender que el dolor y el amor están yuxtapuestos y miran en la misma dirección, y sus fronteras son insoslayables y están cifradas en el átomo destructor y dador de vida; de donde venimos.

El tema de Alexievich es el de la vida en medio de las ruinas. Su oído está puesto en ese espacio mínimo en el que los corazones dejan de latir por unos segundos para regresar a un mundo en llamas. Sus Voces de Chernóbil (1997) y La guerra no tiene rostro de mujer (1985) son artefactos que buscan confrontarnos con nuestro ejemplo de especie.

Alexievich, sin pestañear, refiere una historia que le ocurrió en el transcurso de la guerra entre Afganistán y Rusia. Svetlana viaja a una zona en la que se está llevando a cabo labor humanitaria con los afganos. Le dicen que si quiere ir con las mujeres a llevar juguetes que la gente ha donado para los niños. Ella dice que ha ido a conocer todo eso. El grupo es conducido a un hangar lleno de ancianos, mujeres y niños. Empiezan a entregar los juguetes. Una niña que carga un bebé se le acerca. Svetlana le alarga un peluche. El bebé abre la boca y lo toma con los dientes. Alexievich pregunta por qué el niño lo ha recibido así. La niña retira la cobija en que viene envuelto el bebé. El bebé no tiene piernas ni brazos. “Esto es lo que ustedes, rusos, nos han hecho”, dice la niña. Svetlana afirma que eso la liberó; ya no será más soviética, ya no será más rusa. Será una persona que escucha y registra el dolor ajeno.

Yo me quedé pensando en aquel episodio. Pensé en el gesto del bebé. Pensé en que su cuerpo había aprendido a hacer algo que su mente todavía no comprendía y que jamás llegaría a comprender. De algún modo, ese bebé mutilado se convirtió en un umbral entre dos mundos: el mundo del horror y el mundo del espanto.

Sólo una mujer puede con ello. Sólo una mujer puede escuchar el corazón de los soldados muertos en batalla antes de lanzarlos a un camión sobre una pila inerte de carne y huesos. Sólo una mujer se detiene a mirar la devastación que han dejado las ideologías.

Alexievich dice que es un oído. Que haber nacido en un pueblo de mujeres en el que los hombres habían partido a la guerra y habían muerto en la guerra, le enseñó a escuchar ese murmullo con el cual fue capaz de cristalizar el mundo a su alrededor. Todo lo que tenía que saber lo supo de chica mientras escuchaba a las mujeres hablar. Dice que lo más importante que le ha pasado jamás es eso. Que ha ganado el nobel, sí, que ha escrito libros, también, pero que todo aquello se sostiene por el relato incesante de las mujeres de su aldea.


Svetlana Alexievich camina en un mundo en llamas. Tiene el temple suficiente para quedarse allí viendo el mundo arder. Y al contrario de los demás, no huye del fuego, no le da la espalda al incendio de la historia. Se adelanta y alarga su mano. Y esta mujer no se quema. 

¡No se quema!

http://www.acantilado.es/noticias/acantilado-publicar-el-fin-del-homo-sovieticus-de-svetlana-alexievich-416.htm
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